Desesperado, corría
hacia un lado, hacia otro, miraba arriba y abajo y no sabía por donde escapar.
A su alrededor, los paseantes se detenían y agolpaban murmurando extrañados lo
sorprendente que era su actividad, pero él no los veía. Al menos no como ellos
ven, sino sólo como una bruma que poco o nada tenía que ver con su angustiosa
realidad. Se retorcía y sufría y sólo quería huir pero no veía el modo:
mientras tanto, madres preocupadas trataban de mantener cerca a sus hijos e
incluso se los llevaban casi a rastras del lugar; algunos hombres permanecían
delante, cubriendo a los demás como estableciendo una barrera humana. Tras
largos minutos de agitación dos agentes de policía se acercaron al círculo y
empezaron a separar a los curiosos que habían vencido al miedo con frases
típicas como "Basta, aquí no hay nada que ver...". Tranquilizaban con
palabras al hombre asustado aunque siempre iban acompañadas de ese tono frío y
lejano que les caracteriza: "Venga, va, tranquilícese, está montando una
escena.", justo después: "Vamos, viene con nosotros." Se lo
llevaron bien sujeto, aunque no consiguieron ponerle las esposas hasta llegar
al coche de policía porque no paraba de moverse y agitar los brazos. A veces
gritaba: "¡Socorro! ¡Necesito salir, necesito irme!"
En una celda oscura y
diminuta entró acompañado por un guardia un hombre sudoroso y con la mirada
perdida. Un muchacho joven que estaba dentro lo miraba asustado ignorando que,
en verdad, ahora era precisamente cuando había llegado la calma. Un señor, vestido
más bien elegante aunque bastante sucio, apenas apartaba la mirada de sus
propias manos al ver entrar a un nuevo compañero, acostumbrado ya a la compañía
carcelaria. El nuevo inquilino se sentó y, poco a poco, comenzó a respirar cada
vez más despacio, hasta alcanzar una relajación que hace unas horas, en el
parque, parecía imposible. Miró los barrotes y le hicieron sonreír.
- Ahora sí que estoy encerrado.
-Soltó una carcajada fría, respiró hondo y repitió: -Ahora sí.
Sus dos nuevos compañeros
le miraron aunque uno con más extrañeza que el otro. El chico, haciendo acopio
de valor, le preguntó:
- ¿Eso le alivia?
- Oh, no lo sé... -Miró hacia arriba
y hacia abajo, después miró a los lados, pensativo... -Creo que sí. Verás...
Tenía miedo, me sentía constreñido y angustiado y no sabía cómo escapar. Ahora
que estoy aquí, realmente encerrado, puedo ver con claridad qué es lo máximo
que se me puede atar. ¡Y me siento tan libre! Pasé toda mi vida tratando de preservar
mi libertad, mi vida, y justo en el momento en que me vuelvo loco, cuando pensé
que había perdido todo, encuentro por fin que mi autonomía reside en la propia
perdición. -Rió repentinamente, con tanto estruendo que hizo que el guardia
diera un golpe de advertencia en la pared. El viejo dijo para sí un "Loco
de remate..." sin dejar de mirar sus dedos grasientos pero, sin embargo,
el joven no reaccionó.
Él recordaría esa
escena una y otra vez a lo largo de su vida, aunque sólo la pudo comprender una
vez alcanzó la edad madura, el día que compraba un nuevo colchón porque
recomiendan cambiarlos cada diez años. Fue entonces cuando miró a su mujer, con
la que ya apenas hablaba, y se dio cuenta de que llevaba veinte años trabajando
en la misma oficina, haciendo el mismo recorrido con el coche día tras día,
diciendo una y otra vez los mismos "Buenos días", "Buenas
tardes", "Buenas noches" y pagando las mismas cuotas de los
varios seguros contratados para que protejan todo este reino. De repente echó
de menos aquél día del que siempre se había avergonzado en el que se
emborrachó, se coló en unas piscinas, le detuvieron y pasó la noche más
terrorífica de toda su vida en una celda junto a dos extraños potencialmente
peligrosos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario