jueves, 20 de junio de 2013

Perdición...

Desesperado, corría hacia un lado, hacia otro, miraba arriba y abajo y no sabía por donde escapar. A su alrededor, los paseantes se detenían y agolpaban murmurando extrañados lo sorprendente que era su actividad, pero él no los veía. Al menos no como ellos ven, sino sólo como una bruma que poco o nada tenía que ver con su angustiosa realidad. Se retorcía y sufría y sólo quería huir pero no veía el modo: mientras tanto, madres preocupadas trataban de mantener cerca a sus hijos e incluso se los llevaban casi a rastras del lugar; algunos hombres permanecían delante, cubriendo a los demás como estableciendo una barrera humana. Tras largos minutos de agitación dos agentes de policía se acercaron al círculo y empezaron a separar a los curiosos que habían vencido al miedo con frases típicas como "Basta, aquí no hay nada que ver...". Tranquilizaban con palabras al hombre asustado aunque siempre iban acompañadas de ese tono frío y lejano que les caracteriza: "Venga, va, tranquilícese, está montando una escena.", justo después: "Vamos, viene con nosotros." Se lo llevaron bien sujeto, aunque no consiguieron ponerle las esposas hasta llegar al coche de policía porque no paraba de moverse y agitar los brazos. A veces gritaba: "¡Socorro! ¡Necesito salir, necesito irme!"

En una celda oscura y diminuta entró acompañado por un guardia un hombre sudoroso y con la mirada perdida. Un muchacho joven que estaba dentro lo miraba asustado ignorando que, en verdad, ahora era precisamente cuando había llegado la calma. Un señor, vestido más bien elegante aunque bastante sucio, apenas apartaba la mirada de sus propias manos al ver entrar a un nuevo compañero, acostumbrado ya a la compañía carcelaria. El nuevo inquilino se sentó y, poco a poco, comenzó a respirar cada vez más despacio, hasta alcanzar una relajación que hace unas horas, en el parque, parecía imposible. Miró los barrotes y le hicieron sonreír. 
                  - Ahora sí que estoy encerrado. -Soltó una carcajada fría, respiró hondo y repitió: -Ahora sí.
Sus dos nuevos compañeros le miraron aunque uno con más extrañeza que el otro. El chico, haciendo acopio de valor, le preguntó:
                  - ¿Eso le alivia?
                  - Oh, no lo sé... -Miró hacia arriba y hacia abajo, después miró a los lados, pensativo... -Creo que sí. Verás... Tenía miedo, me sentía constreñido y angustiado y no sabía cómo escapar. Ahora que estoy aquí, realmente encerrado, puedo ver con claridad qué es lo máximo que se me puede atar. ¡Y me siento tan libre! Pasé toda mi vida tratando de preservar mi libertad, mi vida, y justo en el momento en que me vuelvo loco, cuando pensé que había perdido todo, encuentro por fin que mi autonomía reside en la propia perdición. -Rió repentinamente, con tanto estruendo que hizo que el guardia diera un golpe de advertencia en la pared. El viejo dijo para sí un "Loco de remate..." sin dejar de mirar sus dedos grasientos pero, sin embargo, el joven  no reaccionó. 
Él recordaría esa escena una y otra vez a lo largo de su vida, aunque sólo la pudo comprender una vez alcanzó la edad madura, el día que compraba un nuevo colchón porque recomiendan cambiarlos cada diez años. Fue entonces cuando miró a su mujer, con la que ya apenas hablaba, y se dio cuenta de que llevaba veinte años trabajando en la misma oficina, haciendo el mismo recorrido con el coche día tras día, diciendo una y otra vez los mismos "Buenos días", "Buenas tardes", "Buenas noches" y pagando las mismas cuotas de los varios seguros contratados para que protejan todo este reino. De repente echó de menos aquél día del que siempre se había avergonzado en el que se emborrachó, se coló en unas piscinas, le detuvieron y pasó la noche más terrorífica de toda su vida en una celda junto a dos extraños potencialmente peligrosos.